El 26 de abril de 2026, a las 10:59 de la mañana en el Mall de Londres, Sabastian Sawe cruzó la meta en 1 hora, 59 minutos y 30 segundos. Era la primera vez que un ser humano completaba los 42,195 kilómetros de un maratón en condiciones homologables como récord mundial. Once segundos después llegó Yomif Kejelcha, en 1:59:41. Era su primer maratón en competición. Jacob Kiplimo fue tercero en 2:00:28 — también por debajo del récord anterior.
En un mismo domingo, tres corredores mejoraron la marca que hasta ese día había sido la más rápida de la historia.
Los tres llevaban zapatillas Adidas. Pesaban 97 gramos. Tenían 39 milímetros de entresuela. Un milímetro por debajo del límite que World Athletics fijó en 2020 para que no se llamaran ilegales.
Una distancia que tardó en existir
Comparar tiempos de maratón a lo largo de más de un siglo tiene un problema de base que conviene aclarar desde el principio: la distancia no siempre fue la misma.
El primer maratón olímpico, en Atenas 1896, se corrió sobre una distancia aproximada de 40 kilómetros. El griego Spyridon Louis la cubrió en torno a 2:58. En los Juegos de Londres de 1908, el recorrido se ajustó para salir del castillo de Windsor y llegar exactamente bajo el palco real del estadio: 42,195 kilómetros. Ese número, resultado de la geometría caprichosa de un palco real, fue ratificado como distancia oficial por la IAAF —hoy World Athletics— en 1921.
Hasta 2003, los registros eran “marcas de referencia mundiales”, no récords ratificados: los criterios de homologación de recorridos no eran suficientemente rigurosos. El primer récord oficial lo estableció el keniano Paul Tergat en Berlín en 2003: 2:04:55. Todo lo anterior es historia valiosa, pero no es directamente comparable.
El ritmo de mejora antes de 2017
Entre los primeros registros homologables y mediados del siglo XX, el maratón mejoró lentamente. El atleta inglés Jim Peters sacudió ese ritmo: entre 1952 y 1954 estableció el récord cuatro veces, pasó de 2:20:42 a 2:17:39 y fue el primero en bajar de las 2:20. Era óptico, entrenaba sin sponsor con métodos de intensidad que sus contemporáneos consideraban temerarios — series de alta carga en un deporte donde la sabiduría convencional era “nunca fatigar” — y nunca ganó una medalla olímpica. En los Juegos del Imperio de 1954 en Vancouver, entró al estadio en primera posición y se derrumbó a 200 metros de la meta. Lo intentó cruzar a rastras. Un médico lo detuvo al cabo de once minutos. Se retiró del atletismo ese año.

Desde Peters, la mejora fue sostenida y con lógica reconocible. Los atletas keniatas y etíopes dominaron los podios desde los años 80. Berlín se convirtió en el escenario donde caían los récords — nueve desde 1998, más que cualquier otra ciudad — por su perfil plano, sus condiciones de otoño y su organización orientada al rendimiento.
Los números son claros: entre el récord de Peters en 1954 y el de Kipchoge en Berlín 2018, el récord bajó aproximadamente 15 minutos en 64 años. Entre 2017 y 2026, bajó casi cuatro minutos en nueve. Algo cambió en 2017. No es difícil identificar qué.
| Año | Atleta (País) | Marca | Ciudad | Días desde récord anterior |
|---|---|---|---|---|
| 2003 | Paul Tergat (KEN) | 2:04:55 | Berlín | — Primer récord oficial ratificado |
| 2007 | Haile Gebrselassie (ETH) | 2:04:26 | Berlín | 1.461 días |
| 2008 | Haile Gebrselassie (ETH) | 2:03:59 | Berlín | 364 días |
| 2011 | Patrick Makau (KEN) | 2:03:38 | Berlín | 1.096 días |
| 2013 | Wilson Kipsang (KEN) | 2:03:23 | Berlín | 730 días |
| 2014 | Dennis Kimetto (KEN) | 2:02:57 | Berlín | 364 días |
| 2018 | Eliud Kipchoge (KEN) | 2:01:39 | Berlín | 1.461 días |
| 2022 | Eliud Kipchoge (KEN) | 2:01:09 | Berlín | 1.461 días |
| 2023 | Kelvin Kiptum (KEN) | 2:00:35 | Chicago | 392 días |
| 2026 | Sabastian Sawe (KEN) | 1:59:30 | Londres | 910 días |
Fuente: World Athletics — récords verificados por entrada individual en el portal de noticias y ratificaciones oficiales. Consultado mayo 2026.
2016: el zapato que cambió la pendiente
En los Juegos Olímpicos de Río de 2016, los tres primeros clasificados en el maratón masculino corrieron con un prototipo que Nike llevaba desarrollando desde 2013: la zapatilla que más tarde se llamaría Vaporfly 4%. Su elemento diferencial era una placa de fibra de carbono embebida en una entresuela de espuma ZoomX — poliuretano expandido supercrítico con una capacidad de restitución energética muy superior a los materiales de la época.
En mayo de 2017, Nike organizó el INEOS 1:59 Challenge en una pista de Monza: Kipchoge corrió 1:59:40 con 41 liebres en rotación, un coche marcando el ritmo con proyección láser y avituallamiento en bicicleta en movimiento. El tiempo no fue homologable — las condiciones eran ilegales según la normativa vigente — pero el número existía. En julio de 2017, la Vaporfly 4% llegó a las tiendas a 250 dólares. Desapareció en horas.
Lo que siguió está documentado. En 2019, 31 de los 36 podios en las grandes maratones del mundo se consiguieron con modelos Vaporfly. Ese mismo año, Kipchoge estableció en Berlín el récord mundial oficial en 2:01:39. En 2023, Kelvin Kiptum lo bajó a 2:00:35 en Chicago con 23 años — el maratón de debut más rápido de la historia — y estaba programado para intentar el sub-2 en Rotterdam en abril de 2024. Murió el 11 de febrero de ese año en un accidente de tráfico en Kenia. World Athletics había ratificado su récord cinco días antes.
Lo que la ciencia dice — y lo que no
La mejora metabólica que producen estas zapatillas es real y está documentada: un 2,75% medio en estudios de laboratorio con corredores entrenados. Lo que no es real es la versión más simple de la promesa: que cualquier zapatilla con placa va a hacer correr más rápido a cualquier corredor, a cualquier ritmo, indefinidamente.
Qué significa ese 2,75% para quien hace la maratón en cuatro horas, cuántos kilómetros dura la ventaja antes de que la espuma deje de responder, y por qué a ritmo popular los beneficios son distintos de los que miden en élite: lo analizamos con la evidencia disponible en Zapatillas de carbono: qué ganas, cuánto dura y para quién tiene sentido. Lo que importa aquí es el contexto histórico: la pendiente del récord cambió en 2017, coincidiendo con la entrada masiva de este calzado en las grandes maratones. Que esa correlación tenga una relación causal sólida — y cuánto pesa el calzado frente a otros factores — es exactamente lo que el debate regulatorio no ha resuelto.
La ventaja desaparece casi por completo tras unos 450 kilómetros de uso — lo documentamos con el detalle que permite la evidencia disponible en Zapatillas de carbono: qué ganas, cuánto dura y para quién tiene sentido. Es el dato que ningún fabricante incluye en la ficha del producto, y el más relevante para quien no estrena zapatilla en cada carrera.
El récord femenino: la misma tecnología, otra historia
Paula Radcliffe estableció el récord mundial femenino en Londres en 2003: 2:15:25. Ese tiempo aguantó dieciséis años. No porque las mujeres dejaran de mejorar fisiológicamente, sino porque la estructura del atletismo femenino de fondo — menos inversión, menos carreras diseñadas para el récord, menos atención a los pacemakers — no generaba las condiciones necesarias para batirlo. Cuando Brigid Kosgei lo mejoró en Chicago en 2019, llevaba en el pie las Nike Vaporfly Next%. El récord cayó en un minuto y veinte segundos de golpe. Era el primer gran maratón femenino organizado con salida de élite separada, pacing serio y orientación explícita al récord. La tecnología y la estructura coincidieron.
Lo que vino después fue más rápido todavía. Tigst Assefa bajó el récord a 2:11:53 en Berlín en 2023. Ruth Chepngetich lo pulverizó en Chicago en 2024: 2:09:56, la primera mujer bajo las 2:10. En veinte años, el récord femenino bajó más de cinco minutos. En los dieciséis años anteriores, no bajó ni uno.
| Año | Atleta (País) | Marca | Ciudad | Categoría |
|---|---|---|---|---|
| 2003 | Paula Radcliffe (GBR) | 2:15:25 | Londres | Mixto — primer récord oficial |
| 2017 | Mary Keitany (KEN) | 2:17:01 | Londres | Women-only — primer récord de categoría |
| 2019 | Brigid Kosgei (KEN) | 2:14:04 | Chicago | Mixto |
| 2023 | Tigst Assefa (ETH) | 2:11:53 | Berlín | Mixto |
| 2024 | Peres Jepchirchir (KEN) | 2:16:16 | Londres | Women-only |
| 2024 | Ruth Chepngetich (KEN) | 2:09:56 | Chicago | Mixto — vigente con asterisco ¹ |
| 2025 | Tigst Assefa (ETH) | 2:15:50 | Londres | Women-only |
| 2026 | Tigst Assefa (ETH) | 2:15:41 | Londres | Women-only — récord actual |
¹ Ruth Chepngetich recibió una sanción de tres años por dopaje en octubre de 2025. El récord se mantiene vigente porque el positivo se detectó en una muestra de marzo de 2025, posterior a la actuación en Chicago 2024. Fuente: comunicado de la Athletics Integrity Unit (23 de octubre de 2025), verificado contra registro de sanciones de World Athletics. Consultado mayo 2026.
Fuente general de la tabla: World Athletics — récords verificados por entrada individual en el portal de noticias y ratificaciones oficiales. Consultado mayo 2026.
La tabla requiere una explicación que los titulares raramente incluyen: World Athletics mantiene dos récords femeninos distintos desde 2021 — mixto y women-only. La diferencia actual entre ambos es de casi seis minutos. Esa distancia existe porque el pacing masculino en carrera mixta produce una ventaja lo suficientemente grande como para que el regulador la trate como categoría separada. No es una distinción menor.
El caso Chepngetich es el punto más incómodo de todo este reportaje. Su 2:09:56 fue la primera vez que una mujer bajaba de las dos horas y diez minutos. Nueve meses después, la AIU detectó hidroclotiazida (HCTZ) en una muestra suya de marzo de 2025 — un diurético que puede usarse para enmascarar otras sustancias. La concentración era 190 veces por encima del umbral mínimo de notificación. Chepngetich negó inicialmente cualquier irregularidad, cambió su versión dos semanas después de la suspensión provisional alegando que había tomado por error la medicación de su empleada doméstica, y recibió una sanción de tres años — reducida desde cuatro por admisión temprana.
World Athletics mantuvo el récord. La lógica formal es clara: la muestra positiva es posterior a la carrera, los controles del día del evento fueron negativos. Pero esa lógica formal deja sin respuesta una pregunta que el organismo no ha resuelto: si una atleta da positivo por una sustancia que puede enmascarar otras drogas siete meses después de establecer su récord, ¿qué garantía ofrece el control del día de la carrera sobre los meses de preparación previos? El récord femenino más rápido de la historia pertenece a una atleta que, en la temporada siguiente a establecerlo, estaba bajo investigación. Las autoridades de la AIU recuperaron material de su teléfono. La investigación seguía abierta a cierre de este reportaje.
Hay una pregunta adicional que la ciencia tampoco ha planteado con seriedad: ¿funciona igual la tecnología en corredoras que en corredores? El metaanálisis de Kobayashi se basa mayoritariamente en estudios con hombres. Los pocos estudios con mujeres tienen muestras demasiado pequeñas para generalizar. Para una corredora popular que evalúa si merece la pena la inversión, la honestidad obliga a decirlo: no sabemos si el beneficio que midieron en pies masculinos se reproduce en el suyo. Esa ausencia de datos no es neutral. Es una brecha que la investigación en biomecánica del running no ha cerrado.
World Athletics traza una línea sin resolver nada
En febrero de 2020, World Athletics publicó su primera normativa específica sobre calzado de competición. Las reglas, en vigor desde el 30 de abril de ese año, fijaban dos límites: el grosor total de la suela no podía superar los 40 milímetros, y cada zapatilla solo podía incorporar una placa rígida. Además, cualquier modelo debía estar disponible en el mercado general al menos cuatro meses antes de usarse en competición: se acababan los prototipos exclusivos.
El prototipo de Monza —51 milímetros de stack, tres placas de carbono— quedaba fuera. Las Vaporfly que ya estaban en las tiendas, dentro.
Sebastian Coe lo explicó sin rodeos: no querían invalidar zapatillas que llevaban meses en el mercado y con las que se habían establecido récords, pero sí impedir que la carrera tecnológica siguiera escalando. Era una solución pragmática, y tiene un defecto estructural evidente: fijar un techo en lo que ya existe no resuelve si lo que ya existe es excesivo. Es como regular la velocidad máxima de los coches en el momento en que ya circulan por la autopista.
Las críticas llegaron de los dos flancos, y ambas tienen algo de razón. Los que consideraban que la placa era una ventaja inaceptable señalaron que la normativa legalizaba exactamente las zapatillas que habían generado la controversia. Los que defendían la innovación argumentaron que el límite de 40 mm era arbitrario: ¿por qué ese número? La normativa no responde a esa pregunta porque no fue diseñada para hacerlo. Fue diseñada para detener el escalado inmediato, no para resolver el debate de fondo.
Los bañadores: el paralelismo que cojea
La comparación entre las superzapatillas y los bañadores de poliuretano en natación es la más repetida en este debate. Merece desarrollarse hasta el final porque la parte que se omite es la más interesante.
Entre 2008 y 2009, los bañadores de cuerpo completo con poliuretano — que atrapaban burbujas de aire y reducían la resistencia hidrodinámica — produjeron una avalancha de récords. En los Mundiales de Roma 2009 se batieron 43 récords del mundo. En enero de 2010, la FINA los prohibió sin excepciones: tejido textil, sin poliuretano, sin vuelta atrás. Los récords establecidos con ellos siguen vigentes. El material lleva quince años vetado.
La diferencia con el atletismo no es de grado sino de naturaleza. Un bañador de poliuretano es pasivo: reduce la resistencia del entorno independientemente de quién lo lleve. Una zapatilla con placa interactúa con la biomecánica específica de cada corredor — y la evidencia científica muestra que el beneficio varía enormemente entre individuos. No es un accesorio neutro aplicado por igual a todos los competidores. La FINA prohibió los bañadores porque la ventaja era uniforme y externa. World Athletics no ha prohibido las superzapatillas, entre otras razones, porque la ventaja no lo es.
El paralelismo sirve como señal de alarma — la tecnología puede alterar el rendimiento deportivo de forma rápida y el regulador siempre llega tarde — pero no como argumento directo para la prohibición. Son casos distintos con mecanismos distintos.
Londres 2026: Adidas gana la carrera que empezó Nike
El récord de Londres 2026 tiene una ironía que vale la pena nombrar.
Nike financió el proyecto que cambió la industria. Nike montó el espectáculo de Monza. Nike dominó los podios durante seis años. Y el primer sub-2 homologable lo corrieron dos atletas con Adidas, con unas zapatillas — las Adizero Adios Pro Evo 3 — que pesaban 97 gramos y tenían 39 milímetros de stack. Un milímetro por debajo del límite. Nike lo reconoció en su Instagram con la frase “The clock has been reset. There is no finish line” — con una declaración de Kipchoge adjunta. Una generosidad calculada: quien enuncia el nuevo punto de partida se coloca también como árbitro de lo que viene.

Los datos de carrera son precisos. Sawe y cinco corredores más completaron la primera mitad en 1:00:29 — exactamente en ritmo sub-2. Sawe se escapó del grupo en el kilómetro 30 y completó la segunda mitad en 59:01: a un minuto y cuarenta y un segundos del récord mundial de media maratón, después de llevar ya 21 kilómetros en las piernas. Kejelcha llegó once segundos después, en su debut absoluto en maratón. Kiplimo, tercero, en 2:00:28.
Las condiciones ayudaron: 10 grados al inicio, máximo de 17 durante la mañana, viento ligero del este. La literatura sitúa la ventana óptima para el rendimiento en maratón entre 7 y 13 grados. Londres 2026 estaba dentro. Que todo coincidiera es parte del contexto del récord — los récords siempre necesitan que todo salga bien al mismo tiempo — pero no lo relativiza.
Un dato que no apareció en muchos titulares pero que forma parte del relato completo: Sawe llegó al Londres 2026 después de haberse sometido voluntariamente a uno de los programas antidopaje más intensivos documentados en el atletismo de fondo. Previo al Berlín 2025, su equipo y Adidas pidieron a la AIU que le sometiera a tantos tests como fuera posible. En los dos meses previos a esa carrera, la AIU realizó 25 controles fuera de competición — todos negativos. Adidas financió ese programa con 50.000 dólares y renovó el compromiso para 2026, esta vez distribuido a lo largo del año. Brett Clothier, director de la AIU, describió la iniciativa como un ejemplo que el organismo esperaba que otros atletas siguieran. “Doping has become a cancer in my country”, dijo Sawe a la prensa tras el récord. Kenya tiene más de 140 atletas actualmente sancionados por la AIU. Sawe ganó con ese contexto encima, y ganó limpio según los controles disponibles.
¿Dónde está el límite?
Aquí es donde el debate de fondo no tiene respuesta cómoda, y donde conviene ser explícito sobre qué permiten afirmar los datos y qué no.
Lo que está documentado: el ritmo de mejora del récord de maratón se aceleró de forma estadísticamente notable a partir de 2017, coincidiendo con la entrada masiva de zapatillas con placa de carbono en las grandes maratones. Las zapatillas producen una mejora metabólica media real del 2,75% respecto al calzado convencional. Las zapatillas con las que se ha establecido el récord actual operan dentro de la normativa vigente de World Athletics.
Lo que no está documentado con suficiente solidez: cuánto de la mejora colectiva en tiempos de élite desde 2017 corresponde específicamente al calzado y cuánto al entrenamiento en bloque, la nutrición de carrera o la selección de recorridos. Separar un factor en un sistema con tantas variables simultáneas supera lo que los estudios disponibles pueden responder.
Sobre si el límite de World Athletics está bien trazado, hay tres posiciones razonables y con datos que las sostienen:
La primera posición es que el límite de 40 mm cumple su función: permite la innovación dentro de un marco controlado, mantiene las zapatillas accesibles al mercado general y no prohíbe una tecnología cuyo beneficio varía enormemente entre corredores. La normativa no es perfecta, pero es pragmáticamente defendible.
La segunda posición es que el límite debería ser más estricto — en torno a los 30 mm, equivalente al calzado de competición anterior a la era Vaporfly — porque el diferencial de rendimiento entre quien usa supershoes y quien no las usa es suficientemente grande para alterar la igualdad de condiciones en competición. Si la mejora metabólica media del 2,75% documentada en laboratorio se tradujera linealmente en tiempo de carrera — lo que los estudios no garantizan — estaríamos hablando de unos 6-7 minutos en una maratón de cuatro horas. No estamos ante un refinamiento marginal.
La tercera posición es que el debate sobre el límite es secundario frente al problema real: la normativa de World Athletics solo aplica a competición federada de élite. Para el corredor popular que corre la Maratón de Valencia con unas zapatillas con placa junto a otro que lleva zapatillas de entrenamiento convencionales, no existe ningún mecanismo de regulación. Ambos compiten en la misma categoría, con el mismo chip, el mismo dorsal. El corredor con placa tiene una ventaja documentada — en torno al 2,75% metabólico a velocidades de élite, algo menos a ritmo popular — que en una maratón de cuatro horas se traduce en minutos reales; el corredor sin ella, ninguna. La variabilidad individual — algunos se benefician más, otros menos — no altera la estructura del problema: una tecnología con impacto demostrado en rendimiento está disponible sin restricciones para quien pueda pagarla, y sin separación de categorías para quien no. World Athletics no regula al corredor popular porque no puede. Y no puede porque no es su jurisdicción. Eso no hace que la desigualdad sea menos real.
La posición de Punto de Mira es que la segunda y la tercera son las más incómodas de sostener, y precisamente por eso merecen más atención de la que reciben en el debate público. El argumento de que “las zapatillas son legales” cierra una conversación que debería estar abierta.
Para el corredor popular, el sub-2 de Londres 2026 es una noticia extraordinaria vista desde la barrera. La fisiología necesaria para hacer una maratón en 3 horas no ha cambiado con el récord de Sawe. Lo que sí ha cambiado — con datos que lo respaldan — son las herramientas disponibles para acortar la distancia entre ese corredor y su mejor marca. Si esas herramientas merecen el precio que cuestan y si su beneficio llegará a sus piernas de la misma forma que a las de los atletas estudiados en laboratorio: eso no lo responde ningún récord mundial. Lo que sí responde es que el deporte que practican está cambiando, y que la conversación sobre hasta dónde debe cambiar todavía no ha terminado.