El gel plateado del Tourmalet
En el descenso del Tourmalet, en la sexta etapa del Tour de Francia 2026, una cámara de televisión enfocó a Tadej Pogačar sacándose un gel del bolsillo trasero. El envoltorio, plateado y sin marca visible, se parecía al de ExoLactate, un producto español que un mes antes se había presentado como el primer gel de lactato exógeno para competición. La especulación se disparó en horas: ¿el campeón del mundo corriendo con lactato en el estómago?
Enervit, patrocinador nutricional de UAE Team Emirates-XRG, aclaró que era un prototipo propio. Días después, el propio equipo confirmó algo más concreto: llevaban dos temporadas probando un gel con lactato, desarrollado junto al profesor George A. Brooks —el fisiólogo que en 1986 cambió para siempre lo que la ciencia entiende sobre el lactato— y el doctor Iñigo San Millán. El producto se llama C2:1PRO Lactate Gel Mix: 90 gramos de carbohidrato y 10 de lactato sódico por dosis.
Dos productos compitiendo por la misma promesa, en el mismo mes de julio. Y una pregunta que ninguno de los dos ha respondido todavía con un dato publicado: si el lactato que se traga realmente mejora el rendimiento, o si el envoltorio plateado esconde sobre todo una apuesta comercial sobre una teoría real.
La teoría del lactate shuttle, 1986
Durante décadas, el lactato fue el villano de cualquier vestuario: la sustancia que se acumulaba en el músculo y explicaba el escozor de la última cuesta. El profesor George A. Brooks, de la Universidad de California en Berkeley, llevaba desde 1986 diciendo lo contrario. Su teoría del lactate shuttle —“transbordador de lactato”— describe algo distinto: el lactato que produce el músculo durante el esfuerzo no se queda ahí acumulándose sin más. Se transporta —se “transborda”— hacia otros tejidos: el corazón, el cerebro, las fibras musculares de contracción lenta. Ahí se convierte de nuevo en un combustible utilizable.
Esa parte de la historia no es discutible. El lactato es, de hecho, un intermediario energético legítimo, y el propio cuerpo lo recicla de forma constante durante el ejercicio. Lo que sigue siendo una pregunta abierta es otra: si tragarlo desde fuera —en un gel, antes de que el músculo lo produzca— aporta algo que el propio metabolismo no estuviera ya haciendo por su cuenta.
Esto no es exclusivo de los profesionales: cualquier corredor popular que suba fuerte una cuesta produce y recicla lactato por esta misma vía, sin gel de por medio — es fisiología básica, no ventaja de élite.
Veintiséis años de ensayos que dicen que no
La pregunta no es nueva. Bryner y su equipo la pusieron a prueba por primera vez en 1998, y desde entonces se ha repetido en al menos siete ensayos controlados más, con sales de lactato —sódico, cálcico, magnésico— administradas antes o durante el ejercicio. El patrón es notablemente consistente.
Van Montfoort y su equipo, en 2004, compararon lactato de sodio con bicarbonato, citrato y un placebo de cloruro antes de una carrera hasta el agotamiento: relativo al bicarbonato, el lactato quedó un 1% por debajo, el citrato un 2,2% y el cloruro (el placebo) un 2,7% — con un margen de incertidumbre (±2,1%) más ancho que esas propias diferencias, así que ninguna se puede dar por un efecto real, ni siquiera la del lactato. Peveler y Palmer, en 2012, no encontraron mejora en una contrarreloj ciclista de 20 km. Northgraves y su equipo, en 2014, tampoco en una de 40 km, pese a que el lactato sí subió ligeramente la frecuencia cardíaca. Oliveira y su equipo, en 2017, usaron el bicarbonato sódico como control positivo dentro del mismo experimento: el bicarbonato mejoró el rendimiento un 2,9%; el lactato de calcio, nada. El bicarbonato, de hecho, sí se usa en competición real —se le conoce informalmente como “soda doping” en ciclismo y atletismo, y es legal—; su límite no es la eficacia, sino que a dosis de carga provoca molestias digestivas serias en buena parte de quien lo prueba, lo que empuja a buscar protocolos más tolerables o alternativas.
Los dos ensayos más recientes, ambos de 2024, repiten la misma división. Bordoli y su equipo, en un diseño cruzado controlado con placebo real —mismos ciclistas, dos sesiones—, encontraron que el lactato oral bajaba la percepción de esfuerzo y subía el bicarbonato en sangre frente al propio placebo: no es una impresión sin contraste, es una diferencia estadística real (p=0,012 — poco más de un 1% de probabilidad de que esa diferencia se debiera al azar). Aun así, no se tradujo en más potencia sostenida. Ewell y su equipo, con una dosis más baja, no encontraron cambios en el consumo máximo de oxígeno ni en el umbral ventilatorio — pero sí una mejora modesta, de en torno al 4%, en una contrarreloj de 20 minutos, sin que cambiara ni la frecuencia cardíaca ni la sensación de esfuerzo.
Ese 4% no es un número trivial: es del mismo orden que la mejora media que las zapatillas con placa de carbono demostraron antes de convertirse en el fenómeno comercial que son hoy. La diferencia está en la solidez detrás de cada cifra. La de las zapatillas viene de catorce estudios y 271 corredores, replicada por grupos independientes durante años. La del gel viene de un único piloto con quince participantes, sin replicar todavía.
Hay una excepción real que merece nombrarse sin suavizarla: Morris y su equipo, en 2011, con una dosis de 120 mg por kilo —seis veces mayor que la de Ewell—, encontraron una mejora del 17% en tiempo hasta el agotamiento. Es el resultado más grande de toda la literatura, y a primera vista parece un hallazgo para explotar de inmediato en ultrarresistencia. No ha ocurrido, y hay una razón técnica concreta: el tiempo hasta el agotamiento es el protocolo menos fiable de todos los usados en esta lista — puede variar entre un 10 y un 20% de una sesión a otra en el mismo corredor sin ninguna intervención de por medio, solo por sueño, glucógeno de partida o motivación ese día concreto. Con once participantes, un resultado así de grande es tan compatible con un efecto real como con una sesión especialmente buena para ese grupo. Que nadie lo haya replicado en catorce años —con George A. Brooks patentando esta idea desde 1995— no es un detalle menor: si el efecto fuera tan sólido como sugiere ese 17%, alguien ya lo habría rentabilizado.
Casi todos estos estudios se hicieron con ciclistas entrenados en laboratorio. Si ahí el efecto ya es incierto, trasladarlo al amateur que entrena por su cuenta es, como mínimo, un salto que nadie ha medido todavía.

Las tres paredes de Viribay — y lo que dice la patente
Aitor Viribay, fisiólogo y responsable de rendimiento en Salomon, es la cara pública de ExoLactate. Su explicación de por qué veintiséis años de estudios no encontraron el efecto que él sí espera encontrar se apoya en tres límites, según ha explicado en julio de 2026 en una entrevista con la revista británica Cyclist: la dosis de esos ensayos —desde 500 miligramos por hora hasta los 120 mg/kg de Morris— se queda muy por debajo de los 10-25 gramos por hora que, según él, hacen falta para notar el efecto; administrarlo en forma de sales de lactato provoca molestias digestivas a esas dosis altas; y el sabor salado y metálico de esas sales las hace casi imposibles de tolerar durante horas.
La prensa española que cubrió el lanzamiento de ExoLactate no tardó en buscarle un precedente de carrera real: durante su victoria en la UTMB de 2022, el fisiólogo Jesús Álvarez-Herms registró en Kilian Jornet 19 milimoles de lactato en sangre en el kilómetro 150 —más del doble del umbral habitual de un fondista de fondo— sin que el rendimiento se resintiera; el propio Jornet firma como coautor el caso, publicado en Sports Medicine en 2024. Es un dato real, pero de lactato endógeno: el que produce el propio músculo, no el que se traga en un gel. No hay ningún indicio de que Jornet haya probado ExoLactate ni el C2:1PRO — su caso demuestra que un atleta excepcional puede usar el lactato que su cuerpo ya genera como combustible, no que tragarlo desde fuera haga lo mismo.
Es un argumento internamente coherente, y no es solo suyo. La patente estadounidense US12023382B2, firmada por el propio George A. Brooks junto a Michael Horning e Iñigo San Millán, describe exactamente esa misma lógica: el lactato y el piruvato como fuentes de energía que usan, para pasar del intestino a la sangre, una vía de transporte distinta a la de la glucosa y la fructosa. Es el mismo argumento técnico que sostiene ExoLactate, ahora por escrito en un documento de propiedad intelectual cuya cesionaria es una empresa, Today Inc., no una universidad.

Ese argumento tiene, además, un dato real a su favor que la propia serie de estudios negativos no contradice: un ensayo de 2007 con trazadores isotópicos —Azevedo y su equipo, en ciclistas, con lactato añadido a una bebida deportiva— mostró que el lactato ingerido se absorbe y se oxida más rápido que la glucosa, no más despacio. La absorción no parece ser el problema.
Lo que no existe, a día de hoy, es el ensayo que falta: ningún estudio publicado ha probado 10-25 gramos de lactato por hora —la dosis que Viribay dice necesaria— en una contrarreloj real. Y el propio George A. Brooks lleva intentando comercializar esta idea desde 1995, con patentes previas que nunca llegaron al mercado. Treinta años de propiedad intelectual sin producto son un dato que conviene tener presente antes de asumir que la ausencia de estudios a esa dosis es casualidad y no, en parte, una consecuencia lógica de proteger una patente antes de publicar el dato que la validaría.
El equipo que ya lo probó y lo dejó
Hay un dato de campo que pesa más que cualquier ensayo de laboratorio, y que rara vez aparece en la cobertura sobre estos productos: UAE Team Emirates ya había probado antes una versión del propio combustible de George A. Brooks. Según reveló el periodista Carlos Aribas en El País, el equipo tenía guardadas —“acumulando polvo”— botellas de “Polylactate”, combinado con dosis de 120 gramos de carbohidrato, y dejaron de usarlo por dos razones: sabía mal, y no notaron ninguna mejora perceptible en el rendimiento.
Es el mismo equipo que meses después presenta el C2:1PRO como un avance validado por dos temporadas de pruebas. Que la primera versión fallara no invalida la segunda — pero sí desmonta el argumento de que “probado por un equipo World Tour” equivalga a “funciona”. Ya lo probaron. Durante un tiempo, no funcionó lo bastante bien como para seguir usándolo.
El escéptico con nombre
No toda la comunidad de rendimiento lo está, y conviene nombrar a quien no lo está en lugar de dejarlo en un genérico “hay voces críticas”. Olav Bu, director de rendimiento de Uno-X Mobility y uno de los responsables del método noruego de entrenamiento por lactato que llevó a varios triatletas a ganar el Ironman, ya analizó la idea del lactato exógeno antes de los Juegos de Tokio 2021 y, según ha explicado también a Cyclist en la misma entrevista de julio de 2026, no le convenció desde los primeros principios.
Su argumento es fisiológico, no comercial: el lactato produce menos energía por unidad de oxígeno que la glucosa, así que sustituir glucosa por lactato exige procesar más combustible y más oxígeno para mantener la misma potencia, con más energía perdida en forma de calor. Aquí conviene no confundir dos cosas: que exista un techo de oxidación de carbohidrato está demostrado con trazadores isotópicos desde hace años, no es discutible. Lo que dice Bu es más estrecho, y es una opinión aplicada, no un dato de laboratorio que lo rebata: en su trabajo con Uno-X no ha visto que sus propios corredores lleguen a topar con ese techo de una forma que justifique cambiar de combustible. Su equipo no lo usa. Antes de considerarlo, dice, tendría que pasar su propia validación interna.
Ese techo no es solo de laboratorio: el pelotón profesional, Pogačar entre ellos, lleva ya un tiempo consumiendo entre 90 y 120 gramos de carbohidrato por hora combinando glucosa y fructosa, precisamente para forzar el techo de un único transportador y sumarle el segundo. Tim Podlogar, fisiólogo de Tudor Pro Cycling, ha declarado que no existe ningún dato que sugiera que 120 gramos por hora mejoren el rendimiento frente a 90 — coherente con que ese margen extra ya no se esté aprovechando del todo. Eso no debilita el argumento de Viribay: lo sostiene. Si el techo está ahí, es exactamente la situación en la que tendría sentido probar una tercera vía que no compita por el mismo transportador. Lo que sigue faltando es la prueba misma: ningún estudio independiente ha comprobado todavía si añadir lactato por encima de una ingesta de carbohidrato ya al límite aporta energía oxidable extra, o solo más volumen en el estómago.
La objeción de Bu no depende de si ese techo existe o no — es más básica: el lactato rinde menos energía por litro de oxígeno que la glucosa, así que cualquier caloría extra que aporte llega con un coste fisiológico que todavía nadie ha medido si compensa.
El corredor popular no corre el Tour de Francia
El mecanismo es real: George A. Brooks tiene razón desde 1986, y el lactato es un combustible legítimo que el cuerpo ya gestiona constantemente. La dosis por gel sí es pública —10 gramos de lactato en el Enervit C2:1PRO, 5 en ExoLactate—, pero lo que no se sabe es cuántos toma un corredor por hora en carrera real, ni si esa cifra llega a los 10-25 gramos por hora que Viribay sostiene que hacen falta para notar el efecto. Que tragar esas cantidades mejore el rendimiento de forma medible es una hipótesis con cuarenta años de fundamento fisiológico detrás y cero ensayos independientes publicados que la confirmen en ese rango de dosis. Ni ExoLactate ni el C2:1PRO de Enervit tienen, a fecha de este reportaje, un estudio de rendimiento publicado que respalde sus propias cifras.
Para el corredor popular la traducción es sencilla, y conecta con algo que ya contamos en este medio: la mayoría ni siquiera llega al suelo de 60-90 gramos de carbohidrato por hora que la ciencia lleva una década respaldando con solidez. Ese ajuste no necesita ningún estudio nuevo — ya está demostrado — y sigue dando más rendimiento garantizado que apostar por una tecnología de treinta años que, de momento, solo ha ganado la carrera de las patentes, no la de los datos.